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Lucas Pérez, un icono “riquiño”

Miercoles, 23 de Diciembre del 2015

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De la peripecia de Lucas Pérez Martínez (A Coruña, 1988) pueden extraer enseñanza no solo quienes desean llegar a vivir del fútbol sino todo el que persigue un objetivo vital. “Siempre quiso ser futbolista, lo tenía en la cabeza”, recuerdan quienes le trataron en su infancia. Nada excepcional. Sí lo era que fuese el niño que bajaba al parque con un balón bajo el brazo en busca de un partido, de un amigo, de una pared. Era el que no temía jugar entre mayores. Desde el parvulario hasta los 16 años vistió los colores del Victoria, una cantera referencial en su ciudad. Siempre bajo el radar de quienes reclutaban a las mejores promesas de A Coruña, también con un lunar: nunca le llamaron para vestir de blanquiazul. Se quedó en la puerta viendo como pasaban otros compañeros. “Jugué con gente con muchas condiciones, pero llegar es una cuestión tan mental como de talento”, sostiene. Hoy, con doce tantos en la Liga, solo Neymar y Suárez marcan más que él.

 

Lucas quiso y pudo. Su zurda es guante en el control y látigo en el disparo, tiene la técnica y pisada de quien hizo también fútbol sala, atesora casta, velocidad, descaro, mucha calle y pasión: “Se meten conmigo en el vestuario porque tras marcar beso el escudo, pero es el único que he besado y besaré”. Nunca le sobró nada en casa, nunca le faltaron botas de fútbol. Se crió con sus abuelos. Su padre pasaba meses embarcado faenando en el Gran Sol, al oeste de la costa británica. Jamás consideró seguir sus pasos y agarró la primera oportunidad que le dio el entorno del profesionalismo, un casting del Alavés entre cuarenta jóvenes. “Sólo nos quedamos dos”, recuerda. El otro, un zaguero extremeño llamado Pedro Oliva, juega ahora en el Jerez de los Caballeros.

 

Con el huracán Piterman arrasando, pasados unos meses regresó a casa. Le llegaron ofertas. No la que aguardaba. Los responsables entonces de la cantera del Deportivo defienden que no podían prever la progresión que tuvo después. Deslumbró aún en edad juvenil en la tercera división gallega y José María Amorrortu, que le conocía de los campos vascos, le llamó para el Atlético de Madrid cuando dirigía su vivero. Se curtió en el tercer equipo rojiblanco y cuando volvió a estar ante una puerta cerrada se fue al Rayo. Llegó a debutar en el primer equipo, pero en enero de 2011 aceptó una oferta del Karpaty Lviv ucraniano. No fue una buena experiencia por muchas cosas, incluida una improductiva cesión de cuatro meses al Dinamo de Kiev, pero le dio minutos a alto nivel y músculo profesional ante impagos. Y estando allí recibió la ansiada llamada del Deportivo. “Estaba en el destino que no era el momento”, recuerda. Tenía 24 años.

 

Ese destino vinculó al Karpaty contra el Paok de Salónica, equipo por el que fichó en 2013, en un par de eliminatorias europeas. Lucas mostró en ellas toda su exuberancia, la ideal para un entorno tan sanguíneo como el mediterráneo Estadio Toumba. Mediapunta, caído a banda o como delantero, Lucas causó una honda impresión a Víctor Fernández hace año y medio en el primer entrenamiento de ambos en el Deportivo. “Es concreto, pícaro, con ángel”, decía de él quien ahora rige la cantera del Real Madrid. Por fin estaba donde siempre había deseado, aunque cedido por el club heleno. Las lesiones le hicieron perder media temporada, pero con todo y sin jugar en punta, firmó seis goles.

 

El Deportivo pagó este verano 1,5 millones de euros por él para comprar su pase y negocia ahora una mejora de un vínculo que vence en 2019 con una cláusula de rescisión de 20 millones. Lucas perdió un mejor contrato al dejar Grecia para estar en casa, pero hay vivencias impagables para un coruñés. Cuando este verano llegó desde Salónica, su nombre y el dorsal de su camiseta se agotaron en las tiendas del club y los pasillos de un centro comercial se colapsaron para obtener su firma o una foto. Su marcado acentokoruño, su carácter expansivo o sus palabras con un tono que fluctúa entre la humildad y lo barrial le convierten, como señala su compañero Arribas, en “el icono del Deportivo”. “Ahora eres rico”, le dijo con sorna una señora cuando dejaba Riazor tras un partido. “No soy rico, soy riquiño”, le contestó. Y ser riquiño (entrañable, amoroso, cercano) en Galicia no es poca cosa.

 

http://deportes.elpais.com/deportes/2015/12/21/actualidad/1450726265_649530.html

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